Un poema de Las fuerzas iniciales, de Antonio Fernández Molina





Las fuerzas iniciales, de Antonio Fernández Molina se publicó junto a Semana libre y Aforismos, en agosto de 1956, en la colección de poesía venezolana Lírica Hispana. Hiperión, en 1994, lo publicó en edición completa, añadiendo a dos nuevos poemas al libro. En tal ocasión lo acompañaron los poemarios inéditos Cabeza de árbol y El visitante melancólico. A continuación incluimos el poema con el que arranque el poemario Las fuerzas iniciales.

1

Nos miramos con miedo
la carne fresca el viento abate
por encima de las casas
un esfuerzo levanta otro esfuerzo
una tela oculta entre los árboles
es una cabellera perdida
agitando las hojas de la campana
el cansancio se adormece en el lecho
pero se encienden los besos olvidados
un lince resucita la angustia
la mano vencida por el ángel
dibuja el nombre de la dicha
la boca entreabierta
como una puerta bajo el humo
escondida en la vegetación de la alcoba
las horas caen en la oscuridad
un saludo alargado como un bostezo
prolonga el vacío
se estremece el ruido cambia
caído de su propia casa
tienes la palabra húmeda
la indecisión perpetua
aquí nace la muerte burlada
la pared fría
los papeles olvidados
es su destino ceniza alzada
la espalda en la ventana tiene un río
las plumas desaparecen
en un revuelo espiral
a través de las gargantas
por las venas estallantes
transportan la luz
por los ojos abiertos
que reciben el desengaño
por los brazos extendidos
que alcanzan los muros
por el pecho ofrecido
por las piernas dobladas
por el sueño roto en el delirio
por el llanto que abre las puertas
que va más allá
por la palabra no dicha
que se recoge en un nido sin pájaros
por los que alzan su vuelodes
de una cabellera hasta el agua
por la muerte que nos espera
ofrecida de un momento a otro
por la muerte eterna compañera
dormida dentro del pecho
por el tiempo que es un barco
en el compás de unas aguas
otra vez por la muerte
nacida de sus cenizas
tenemos que encontrarnos
en las calles solitarias de los pueblos
en las calles anochecidas
calles largas sin respuesta
prolongadas hasta un muro
donde las sombras se hacen estatua
tus manos acarician las nubes
atraen la aurora
tu voz es la continuación de tu cuello
lleno de sorpresas vegetales
tus brazos son las vías principales
que arrastran las horas
tus brazos son las raíces de tu cuello
en la lucha nace el amor
va más allá de sus fronteras
es la vida que se asimila
mis dedos están atados a tus espaldas
escarban el musgo de la hierba
los ojos cercanos borran el aire
la respiración es un fuelle
el espanto desaparece un instante
para crear la gloria del día
el vello es la letra del amor
el paisaje amueblado coopera
para alargar el tiempo
las sillas mueven sus pies para acercarnos
para hacernos frágiles en los latidos
es un milagro continuo
las aguas se sujetan en el fondo del techo
el mundo pasa adelante
la maravilla de una pradera
la mejilla que cede muellemente
contra el hueso resistente
como un espejo que no copia nada
la nieve cae sobre la alfombra
en homenaje a tus rodillas
lago sin fondo la nieve se alza
buscando el cielo de tus pies
la maravilla de los dientes que oscilan
las lágrimas son un collar ardiente
los suspiros atraen los pájaros
un libro abierto se cierra
porque la noche se cambia con el día

[Imagen de viñeta superior: Dibujo, de AF. Molina].

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