Un poema de Cantos de amor y vida, de Antonio Fernández Molina

Cubierta del volumen Idiomas diferentes con obra plástica de A.F. Molina como viñeta




En 1992 la Casa Municipal de Cultura de Alcázar de San Juan, localidad natal del poeta, en colaboración con la Universidad Popular, publicó el volumen Idiomas diferentes, donde se incluyen los poemarios inéditos hasta la fecha: Cantos de amor y vida, Letras para canciones y El reloj de arena. En el volumen un dibujo del autor sirve de pórtico a cada libro. 
Los poemas de Cantos de amor y vida se redactaron entre 1952 y 1959. Para la reproducción del texto seguimos la edición de Poesías Completas I (Libros del Innombrable, Zaragoza: 1999), puesto que para este volumen el autor realizó correcciones que fijaban la versión definitiva de los textos.

La viajera

La viajera llega con su paraguas.
Bajo la mesa
discuten mis mejores amigos.
¿Recuerdas el drama aquel El mayor monstruo los celos?
Tengo una sobrina frívola.
Alcánzame ese libro encuadernado en fina piel.
En la calle están esperando los peatones
riéndose en sus propias barbas
del resultado de la cosecha.
Este frío es el frío de la conversación,
el esfuerzo por matar el silencio
que llega despacio por el pasillo.
Aquí estuvo mi padre tendido en una cama,
con sus treinta y cuatro años catalogados
para enseguida decir: «Adios,
os dejo una cuchara
y esta hoja de servicio,
no tengo tiempo para acompañaros.
Me libro de la guerra».

Con el dedo señalo:
«Este café está frío».
Una señora de ademanes enlutados
y no en exceso autoritarios
mueve la cabeza
como si quisiera indicarme que soy muy joven aún
para opinar de cosas importantes.

Me levanto para saludar a una camisa enferma y a
    una corbata con alfiler,
para besar un guante perfumado
me inclino en una reverencia
y busco, entre las puntas de dos zapatos,
la recompensa a tantos días solitarios,
a tanto pensamiento de muchacho vagabundo.
Es necesario pedir excusas y reclamar modestamente.
La luz eléctrica no alumbra bastante,
hay que preparar las velas de familia,
aquel hachón tan grande que no llegó a consumirse
durante los largos funerales de la abuela,
el quinqué de cuando el tío era estudiante.
(Después murió de una enfermedad oculta).
Tanto esfuerzo para nada
y menos mal si no se resintió el honor de la familia.
La viajera ha dejado los anteojos sobre una butaca,
ha dejado su cansancio colgado de una percha
y, con buenos modos, ha pedido permiso para respirar.
Siento el peso de una larga tarea mensual.
Me están aguardando ocupaciones contables,
las lecciones de mis alumnos.
De un montón enorme de periódicos
he de recortar noticias,
la esquela de defunción de algún amigo,
la crítica de libros publicados.

Las mujeres se sientan por dos veces en sus sillas,
cubren púdicamente sus encantos
y proponen vayamos a cualquier cine próximo
a distraer el tiempo y derrochar la reserva de carcajadas
–¿por qué se les volverá hueca la voz?–
a gastar alegremente los sollozos
aunque sea necesario pedir un anticipo.
Luego, el señor empieza a hablar de su padre,
le pagó los gastos de la boda
y no le ha vuelto a ver desde hace algún tiempo.
Recordando se quita la dentadura
y la limpia cuidadosamente con un pañuelo.
Alguien alza la voz: «Podíamos bailar,
podíamos iniciar un baile apartando las sillas».
Estas palabras asustan a los concurrentes.
Una señorita se cubre el rostro con las manos.
Una sirvienta vuelve los espejos hacia la pared.
Una persona de edad impone su criterio
e iniciamos una conversación sobre la…

Advertencia del editor: No hemos cortado el poema, el texto finaliza con los puntos suspensivos.

© Herederos de Antonio Fernández Molina



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