Fragmentos de Canciones entre las ruinas





El libro de poemas Canciones entre las ruinas, aunque redactado entre los años 1978-79, fue editado como separata de la revista Barataria, publicada por la Asociación de Amigos del libro de Zaragoza, en 1996. 
Reproducimos varios fragmentos según la versión de Poesías Completas II (Libros del Innombrable, Zaragoza: 1999) que fue la última revisada por el autor.

Fragmentos:



El laberinto de las calles tiene escasos muros en pie.
Con precario apoyo, se inclinan en los troncos de
fantasmales árboles desnudos.
Las escaleras del jardín, desvencijadas bajo el polvo,
sueñan con alcanzar la terraza del castillo, ya muy
inclinado hacia el torrente.
Durante el morboso crepúsculo los labios del alma
de la Luna fuman con desesperación frente a la
tristeza de tanto edificio abandonado y sin vida.

***

En el jardín de un palacio hueco y casi destruido,
una nube reposa a la orilla del lago.
Escritorzuelos pedantes recogen allí débiles cañas para
fabricar plumas.
Antes colocan sus diplomas bien visibles sobre
un banco.
con una piedra encima para que no pueda arrastrarlos
el viento.
Otra nube pendiente en la cornisa lateral del edificio,
observa, con irónico gesto, la recolección de prosistas
y vates
y se reúne con su hermana.
De pronto
empieza a llover.
Las canaleras del palacio riegan el banco y borran
los diplomas
ante la desesperación de sus dueños.

***

Poetas sin carnet se adornan con barbas bizcas,
dejan gotear sus dedos en un mapa fangoso.
Dentro de sus habitaciones cae lluvia desolada.
Nadie atiende el cacareo de sus mensajes
a lo largo del calendario.
Sus endebles escritos son acallados como sus inocentes
tosecillas.
Si les hubieran escuchado
ahora no se oiría lamentarse a las piedras.

***

Un ácaro gigante desciende la escalera de un palacete
rococó
con la agilidad de una cabra.
En la calle se cruza con dos vates famosos y les saluda
–¡Buenos días!
No contestan.
Simulan conversar, ensimismados en profundas
cuestiones.
Sujetan a su cabeza una corona de artificiales laureles 
y siguen.
Con actitud indiferente y complacida,
permanece una bella turista,
durante muy largo rato, reclinada
en el césped del parque.
Aunque el calor es débil, sin advertirlo,
bajo su cuerpo ha empollado una alimaña.


© Herederos de Antonio Fernández Molina


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