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| El corredor de fondo, 1979. Lienzo de A. F. Molina |
El escritor Carlos Manzano reseña en su facebook Épocas de grandes lluvias, de Antonio Fernández Molina.
La escritura de Antonio Fernández Molina caminó desde sus inicios al margen de las principales modas literarias que han prevalecido en nuestro país a partir de la muerte del dictador, demasiado afines al realismo, a criterio de algunos, para en cambio abrirse a otras perspectivas más heterodoxas a través de una mirada que busca superar cualquier tipo de limitación formal y conceptual. Seguidor del movimiento postista y agudo renovador de las vanguardias y corrientes literarias más novedosas del siglo XX (simbolismo, surrealismo, ultraísmo…), los textos que han sido agrupados por Raúl Herrero en el libro Épocas de grandes lluvias, editado por Libros del Innombrable en 2025 y que incluye prácticamente todos sus relatos breves, son una excelente manera de penetrar en el universo personal del autor y de acceder a lo que para él representaba la creación literaria.
Un aspecto de este libro que llama la atención desde las primeras líneas y que es aplicable al conjunto es el continuo desmantelamiento de lo que se entiende por realidad, para adentrarse en otro espacio mucho más voluble e indeterminado que no tiene más límites que nuestra percepción del mundo y nuestra capacidad de aprehenderlo. En los relatos que forman “Épocas de grandes lluvias” (compilación de otras publicaciones del autor aparecidas en medios diversos) encontramos, hablando en términos muy generales, ciertos elementos que se deslizan en diversas formas y grados a través de sus páginas como una constante que, más que conferir equilibro o unidad, se presentan ante el lector a modo de guiños o pequeñas muescas que este, si lo desea, puede seguir, recomponer o completar a su antojo: espejos que a veces no reflejan lo que tienen enfrente sino que se ofrecen como amplitud, como deformidad (ecos sin duda de la Alicia de Lewis Carroll), o que una vez traspasados no permiten la vuelta atrás; sombras que se comportan como amenazas o que exigen su propio derecho a ser; perros que no son ajenos a la incongruencia de la vida (su libro “Perro mundo” tiene a estos animales como protagonistas absolutos). Muchos de sus relatos aparecen a su vez tamizados por un sentido del humor que a menudo tiende hacia la ironía y que encaja perfectamente con esa otra mirada quimérica, en parte suspicaz, en parte desencantada, que ahonda en el desvelamiento de lo latente. Asimismo, no son pocos los personajes que logran trascender sus propias dimensiones físicas, como si se tratara de una coraza impuesta que los confina dentro de sí mismos, hasta acabar en el más puro desmembramiento; también se aprecia en ellos una voluntad de quebrar la monotonía, y por tanto de huir de la uniformidad de la vida social para ratificarse en su individualidad (en ciertos relatos, los personajes llegan a sentir terror por ser asimilados al grupo, a la colectividad); y hay siempre un cuestionamiento de lo cotidiano, de lo obvio, de lo indiscutible, por resultar banal y falto de interés, y en cierta medida engañoso. De alguna manera, se puede inferir que la literatura de Fernández Molina no acepta las restricciones marcadas por lo que hay, por lo factible, y que en cambio se eleva sobre todo eso partiendo de un principio mucho más incontrolable cuyos límites no tienen acomodo en la mirada adocenada de la mayoría: la imaginación, es decir, la capacidad de la mente para disentir.
Pero todo lo que yo pueda decir de la obra de Antonio Fernández Molina no hará sino cercar y acotar las múltiples posibilidades que albergan sus textos, un intento por racionalizar lo que es más bien intuición, espejismo, ilusión. Por eso me permito reproducir dos de ellos como la mejor manera de hacer explícita su perspectiva de la expresión literaria. El primero lleva por título «Gesto y explicación»:
“El barbero, con un gesto elegante, de un solo tajo, cercena el cuello de su cliente.
―No hay de qué preocuparse ―advierte el dueño a los demás―, esto sucede de tarde en tarde. Ustedes pueden estar tranquilos.”
El segundo relato se titula «El túnel», y dice así:
“Calculó que ya era de día. Incluso creía ver cómo la luz se colaba por las rendijas y abrió la ventana.
Pero tras la ventana había otra ventana, y tras ella, otra y otra, otra, otra… que iba abriendo, avanzando a rastras por un túnel formado por sus huecos.”
Puede leerlo en su contexto en el siguiente enlace:
Para más información sobre Antonio Fernández Molina:
Para más información sobre Épocas de grandes lluvias:

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